Luz artificial nocturna: la noche necesaria

Dr. Txomin Zabala Hernández
La iluminación de nuestros espacios exteriores ha ido en aumento desde la Revolución Industrial. Tanto es así que, desde hace unos años, los astrónomos nos alertan sobre una nueva forma de contaminación: la contaminación lumínica. Según estudios recientes, se estima que más del 80% de la población mundial vive bajo su influencia.
La luz desempeña un papel esencial en la regulación del ritmo circadiano, un conjunto de cambios fisiológicos que se repiten en ciclos de aproximadamente 24 horas. Entre estos ritmos, el más conocido es el ciclo vigilia-sueño, un proceso activo y vital para nuestro organismo. Durante el sueño ocurren fenómenos imprescindibles como la eliminación de beta-amiloide, la reducción del estrés oxidativo o la regeneración sináptica. Además, otros sistemas como el endocrino, inmunitario, cardiovascular o digestivo también siguen estos patrones circadianos. El marcapasos de este sistema es el núcleo supraquiasmático del hipotálamo, que actúa como reloj interno. Para su sincronización, necesita de señales externas, siendo la más relevante el ciclo luz-oscuridad. La luz activa las células fotosensibles en la retina, que estimulan el núcleo supraquiasmático e inhiben la producción de melatonina, la hormona que induce el sueño. Con la oscuridad, cesa este estímulo, permitiendo su liberación.
Gracias a la electricidad y la luz artificial, nuestros hábitos de vida han cambiado profundamente. Es común el uso de pantallas (televisión, tablets, móviles) antes de dormir, lo que ha demostrado disminuir tanto la cantidad como la calidad de sueño. Estos dispositivos emiten luz azul, que estimula el núcleo supraquiasmático e inhibe la producción de melatonina.
Pero además de la luz artificial interior, también estamos expuestos a luz artificial nocturna (LAN) exterior, la principal fuente de contaminación lumínica. Aunque la calidad de la evidencia es limitada, existen tanto estudios experimentales en animales como investigaciones poblacionales que sugieren una relación clara entre la LAN y diversos problemas de salud.
Gracias a la teledetección satelital, es posible construir cohortes globales, y los estudios epidemiológicos han identificado asociaciones entre la LAN y enfermedades como la obesidad, el cáncer, los trastornos mentales y, sobre todo, los trastornos del sueño.
Estos últimos son los más estudiados. La exposición a LAN, al igual que la luz azul de los dispositivos electrónicos, inhibe la melatonina, lo que empeora la cantidad y calidad del sueño, aumentando la prevalencia en trastornos de sueño como el insomnio.
Asimismo, se ha observado una posible relación entre la LAN y ciertos cánceres hormonodependientes, como el de mama y el de próstata. La alteración del ritmo circadiano inhibe la melatonina, produciendo el aumento del estrés oxidativo, la inflamación y la disminución de la reparación del ADN.
Por último, se están estudiando vínculos entre la exposición a LAN y enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. La supresión de melatonina favorece la neuroinflamación y la progresión de estos trastornos.
Todo esto evidencia la necesidad de tomar conciencia sobre el uso que hacemos de la luz artificial, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. En este contexto, iniciativas como la de la organización Slowlight, que promueve el respeto y la protección de la noche, son más necesarias que nunca.
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